Versión moderada de la historia:
Un señor, llamado John Templeton,

se hizo muy rico comprando y vendiendo activos financieros en Wall Street. Lo vendió todo por 440 millones de dólares y se fue a vivir a las Bahamas (esto es cierto, lo pone en su biografía oficial). Además, creo con parte del dinero, una fundación que se dedica a financiar investigaciones científicas y filosóficas relacionadas con la espiritualidad humana, la metafísica y las grandes preguntas. Aparte de financiar libros, congresos y cursos que tratan estos temas, la iniciativa más conocida de la fundación es el Premio Templeton para el progreso hacia la investigación y descubrimiento de realidades espirituales, dotado con 1,6 millones de dólares (al cambio de hoy, 1030145 euros). Compárese con el Premio Nobel, dotado con 10 millones de coronas suecas (al cambio de hoy, 1061475 euros).
El Premio Templeton de este año lo ha ganado Michael Heller, un cura católico y cosmólogo (una especialidad dentro de la física teórica). Aquí lo tenemos sonriendo con el uniforme habitual de los clérigos:

El señor Heller es un físico respetable (aunque está bastante lejos de la primera fila, como se puede ver si uno lee su currículum) que aplica las poderosas herramientas científicas y matemáticas, propias de las disciplinas duras en las que se desenvuelve, al análisis teológico y a la búsqueda de verdades fundamentales relacionadas con Dios.
Ahora, lo que todos esperabais: la versión del Dr. Felaspas de la noticia:
Del señor John Templeton y su fundación, no tengo prácticamente nada que decir. Cada uno hace con su dinero lo que le da la gana. Si se lo quiere gastar en promover el estudio científico de la posible existencia de Caperucita Roja y el lobo, por mí, perfecto. Aunque no quiero zanjar el tema sin puntualizar que yo, si lo tuviese, me lo gastaría con bastante más tino.

Por otro lado, su maniobra lo incluye dentro del subconjunto más inteligente dentro del conjunto de lerdos llorones y fundamentalistas religiosos. En efecto, la estrategia de revestir la superstición católica con los atributos de prestigio de la ciencia empírica, de lo cual ya hablé en otro post, está dando muchos frutos. No hay más que ver la repercusión en los medios del susodicho Premio Templeton, con los periodistas desbarrando en plan salvaje, diciendo chorradas y poniendo títulos locos: Aquí la noticia en El País, aquí una noticia relacionada en El Mundo, aquí en el New York Times, … (He de decir que me alegró mucho no encontrar la noticia en Le Figaro ni el el Corriere della Sera, aunque tampoco busqué demasiado.)
Respecto del señor Heller, quien, por cierto y siguiendo la estrategia mencionada más arriba, recogió el premio vestido “de calle”

he de decir que me he leído, entre otras cosas y un poco en diagonal, este texto que han colgado en la propia web de la Fundación Templeton. En él, hace una buena introducción a ciertas teorías físicas, especialmente a la mecánica cuántica, y se nota que sabe de lo que habla. Por otro lado, en este texto en el que se recoge su discurso al recibir el premio, reniega del diseño inteligente, lo cual, desde luego, lo sitúa entre los científicos católicos menos radicales.
En ambos textos, y sospecho que en todas sus obras filosóficas, Heller además propone métodos analíticos análogos a los que se usan en ciencia, para hacer teología, es decir, para aprehender lo más adecuadamente posible el concepto y la esencia de Dios.
Lo que Heller no consigue explicar, porque no lo intenta, y lo que está detrás de que todas las justificaciones del concepto de Dios y todas las preguntas teológicas suenen tan oscuras, traídas de los pelos, literarias y retorcidas, es por qué tenemos que dedicar tiempo a entender algo (Dios) que nadie ha probado que exista fuera de la mente de los religiosos.
Aquí la única pregunta relevante es:
Señor Heller, ¿por qué cree usted en la existencia de Dios? Luego le explico yo por qué creo en la existencia del electrón, de los elefantes, del amor y de la primera guerra mundial. Ya verá cómo los motivos son bastante distintos.
Utilizando el lenguaje religioso, contesto yo a la pregunta (no creo que Michael Heller se meta en Apocalapsus): este buen hombre comete el mayor pecado que un científico puede cometer, a saber, la falta de espíritu crítico con las propias creencias. Esto hace que las cosas que desea que sean ciertas y que ha recibido por medio de la tradición no puedan ser desalojadas de su mente ni puestas en duda.
Por eso cree Michael Heller en la existencia de Dios:
- Porque se lo han impreso en el cerebro desde que empezó a andar y
- porque desea creerlo.
A mí, que también deseo creerlo, no me lo han impreso en el cerebro desde niño. Esto me ha permitido atacar mi deseo y la posibilidad de que exista Dios desde un ángulo menos sesgado. La conclusión a la que he llegado es que la hipótesis de su existencia es absurda e inútil. No añade nada a mi conocimiento del mundo y de la vida y estoy básicamente convencido de que es un subproducto, como tantos otros, del pensamiento humano.
En esta línea, hay una historia, probablemente apócrifa, acerca de Laplace, un matemático y físico francés de finales del XVIII y principios del XIX. Dicen que, cuando Napoleón le preguntó cómo podía ser que en su influyente tratado Mécanique Céléste no apareciese ni una sola vez nuestro divino creador, Laplace le contestó:
Sire, je n’ai pas eu besoin de cette hypothèse. (Señor, no he necesitado esa hipótesis.)