No me llames cosicas
El derecho, la legalidad, son tristemente nomenclaturistas. Para decidir qué te puede (y debe) hacer la policía, o cuánto dinero te tiene que dar (o quitar) el estado, te tienen que poner un nombrecico. Nombrecico que ha de ir, por supuesto, acompañado de un certificado: Un papel que certifica que el estado está de acuerdo con que ese nombrecico se te aplica: Extranjero, español, casado (aunque seas gayer), minusválido (al 73,2%), etc.
Por eso, no es raro que haya hostias para decidir qué nombrecico se puede poner a cada cual. Porque hay muchos potenciales nomenclaturados que se están jugando los cuartos.
En esto, la legalidad vigente coincide con otras legalidades igualmente idiotas, pero menos democráticas, que en el mundo han sido. Y las discusiones son del mismo nivel intelectual: subterráneo.
El ejemplo más reciente es el de nuestra ínclita ministra de igualdad (ya sé que los cargos van con mayúsculas, pero no).

Su afirmación de que:
Para mí un feto —de trece semanas— es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano porque no tiene ninguna base científica.
Es un ejemplo de bajeza intelectual, de incultura atrevida, de razonamiento infantil y medieval y todo eso teniendo en cuenta que no voy a hablar de la ridícula utilización de la ciencia (sabe dios lo que ella piensa que es la ciencia) que hace esta adolescente que imparte lecciones de moral desde todo un ministerio.
Un feto de trece semanas, señores, es lo que es. Ni más ni menos. Lo que decidamos hacer con él depende sólo de nuestras empatías, prejuicios, sentimientos y moralinas personales (cada cual los suyos). Por muchos nombrecicos que le pongamos: ser humano, cajaletorro o fluflú, al final tendremos que tomar una decisión práctica acerca de qué hacemos con él. Y esa decisión no depende de argumentos científicos, ni de nombrecicos.
Escrito en Biología y evolución, Ciencia, Lenguaje, Pensamiento débil, Política y opinión por Dr. Felaspas | 21 Comentarios
