Seguramente, en el colegio o en el instituto, todos habéis oído el nombre de Thomas Malthus. El tipo, en 1798, hizo una cuentica con los dedos que venía a decir más o menos lo siguiente:
Los recursos crecen aritméticamente (despacio), mientras que la población crece geométricamente (rápido), por tanto, uno más uno son dos, y resulta que llegará un momento en el que no alcancen los recursos y haya una hambruna impresionante tras la cual la población no tendrá más remedio que estabilizarse.
Es lo que se conoce como catástrofe malthusiana.
El problema de estas extrapolaciones locas es que, como dijo Niels Bohr:
Predecir es muy difícil, especialmente el futuro.
En este caso, concretamente, aunque las estimaciones actuales son un poco complicadas y parece que se está viendo una cierta desaceleración en el crecimiento de la población (podéis mirar por ejemplo este informe de la ONU), podemos decir que Malthus se equivocó completamente en sus predicciones. No hay más que ver la siguiente gráfica (pillada de Wikipedia) en la que se ve la evolución (en escala logarítmica) de la población mundial (olvidaos de las tres curvas de predicción en colorines) y donde he marcado con rojo el año en que Malthus expresó su vaticinio:

La población se ha multiplicado por seis o siete desde entonces.
Desde mi punto de vista, el fallo en el razonamiento de Malthus radica en que hay una asunción oculta, una hipótesis tácita en la que no reflexiona: Malthus está suponiendo (quizás sin saberlo) que la tecnología va a permanecer constante.
Claro, luego llega la Revolución Industrial con sus nuevas formas de producir alimentos y extraer recursos y hace estallar su predicción en mil pedazos.
Lo más gracioso es que, en nuestros días, muchos ecologistas (no todos, hay algunos que son listos) están tropezando contínuamente en la mismísima piedra que Malthus, y no paran de anunciarnos desde los medios de comunicación el apocalipsis (climático esta vez), basándose en extrapolaciones de cambio en la temperatura y de emisiones de CO2 a tecnología constante.
Pues bien, hoy me entero vía Slashdot (quienes a su vez lo recogen de la CBC), que unos investigadores de UCLA han inventado unos cristales que capturan CO2 de la atmósfera con una eficiencia bastante alta, y no es la primera vez que leo algo de este estilo. Por supuesto, no es mi intención echar las campanas al vuelo, ya que seguramente esta tecnología es aún experimental. Mi punto es que, si algún día se consigue capturar CO2 de forma competitiva, Al Gore se tiene que meter todas las gráficas de proyección de temperatura y de subida del nivel del mar hechas un rollito por el culo.
Lo cual no quiere decir que no haya que dedicar esfuerzos para resolver los problemas de la humanidad, simplemente hay que hacerlo sin ponerse apocalíptico (que no apocaláptico). Porque además, predecir los avances tecnológicos a veinte años vista no está al alcance del comité de sabios más sabios del mundo, de forma que cualquier persona medianamente inteligente debería acordarse de Malthus cuando se la juega extrapolando.