Actualmente todos los procesos concernientes a la elaboración de vinos y derivados siguen la OCM del vino (reglamento CE nº 1493/1999) y en España, la ley de la viña y el vino (ley 24/2003). Esto afecta desde el viticultor al distribuidor, pasando por la elaboración, conservación, etc.
De dichas leyes se saca una conclusión rápida: todo lo que no queda expresamente autorizado en ellas, está terminantemente en ellas. Se trata de una cerrazón brutal, una manera de pensar rancia, obsoleta, de mirarse al ombligo ignorando lo que ocurre alrededor.
¿Y qué ocurre alrededor? Los “nuevos países productores” (Argentina, Chile, Estados Unidos, Sudáfrica y Australia, principalemente) tienen una legislación tal que lo que no está prohibido en ella se permite, con lo cual se pueden ampliar fronteras, experimentar, probar nuevas técnicas. Esto afecta en el caso de las exportaciones, ellos aquí exportan lo que quieren y como quieren (sobre todo en el caso de Estados Unidos), mientras que para exportar nosotros allí debemos cumplir nuestra normativa y la suya.
Actualmente, el consumo de vino ha descendido brutalmente, si bien en parte debido a la crisis económica, se ha perdido la cultura mediterránea per se, en la que cada comida se acompaña con un vaso de vino. Ciertos sectores han ganado peso relativo (cavas), y otros se mantienen, ya que hoy en día hay una cultura más snob, adoleciente de la “riojitis”, que consume principalmente vinos con denominación de origen, en detrimento del vino de mesa o de otras denominaciones de calidad (vinos de la tierra).
Por otra parte se han empezado a conceder las primas por arranque de viñedo, con un objetivo de arrancar 200.000 ha de viñedo de aquí a tres años. Esto, junto con la retirada de ayudas al sector vitivinícola (hasta ahora había subvenciones para destinar parte de la producción a la alcoholera, unos porcentajes de producción que la empresa vitivinícola está obligada a envíar a destilar) van a poner en una situación chunga a quien se dedique a dicho sector.
¿Y como afrenta Europa todo esto? Amparándose en la arriba citada OCM, con prohibiciones excesivas, permitiendo escasa I+D en el sector. En España aún es peor, sólo cabe pensar que las denominaciones de Crianza, Reserva, Gran Reserva no tienen sentido una vez que atraviesas las fronteras, donde hablaríamos de un “oak-aged”. Según la legislación, en el caso de estos vinos se debe realizar el envejecimiento en barricas de roble, mientras que fuera de esta legislación está permitido el uso de chips (trozos de roble), que acortan el período de crianza en barrica, acortando también el stockaje en bodega, y por tanto, el coste de producción. El producto final no es el mismo, sin embargo, a mon avis, cabría una apertura de mercados, con unos vinos de coste intermedio entre un vino D.O. y un vino de mesa.
Aun nos cerramos más si hablamos de Rioja. En el caso de Rioja hasta el año pasado sólo estaban permitidas siete variedades para elaboración, tres blancas y cuatro tintas, autóctonas. El año pasado se abrió el cerco a variedades foráneas, en pequeños porcentajes, y causó una división de opinión tremenda, ya que poco menos parecía que fuesen a perder la identidad.
Supongo que esto ocurrirá en otros sectores de la misma manera, y yo sería partidaria de dar cabida a nuevas prácticas enológicas, para poder hacer frente a nuevos mercados, que actualmente juegan con ventaja.
Pero, en la vieja Europa, sigue una manera de pensar rancia, que, no obstante, favorece a nuevos países que no han sido tradicionalmente productores (Alemania, hasta hace poco sólo producía eiswein , y ahora elabora vinos secos, que no llegan a la graduación alcohólica mínima por las condiciones climáticas, y se le permite la chaptalización, e.d., adición de azúcares). Y la pelusa de su ombligo crece, y crece, y mientras no mira lo que ocurre a su alrededor.