Lo primero, quiero dejar claro que, como siempre en este blog, mis opiniones son mías. Es que me voy a cebar.
Lleva muchos años enfermándome la inteligencia todo el vocabulario absurdo, las simplificaciones tristes y los análisis progres del llamado fenómeno de la transexualidad. Pero, hoy, un artículo de El País, en el que cuentan que hay padres que llevan a sus hijos de 6 años (sí, de 6 putos años) al psicólogo (en este caso, psicóloga) para ver si es que es un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, si es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, o si está el niño jodido por el último capítulo de los Pokemon, ya me ha tocado los cojones.
Me imagino la charlita que tiene la psicóloga con los padres y se me revuelve el estómago. Utilizando ridículas mitologías nacidas de lo políticamente correcto y de la simpleza de los adalides de tal movimiento de cerebros de gelatina, la psicóloga (de los huevos) y los padres (a los que habría que encarcelar), intentan averiguar el género (hay que decir género, aunque la RAE haya dado cien mil argumentos en contra) intrínseco, divino y psicomágico del niño. Es decir, basándose en la creencia subnormal de que la gente nace con un género por ahí, oculto en algún gen, o en algún chacra o quién sabe dónde, un género que puede coincidir o no con el que se aprecia cuando uno se baja los pantalones, es decir, simplificando hasta el vómito ese complejísimo conjunto de deseos, creencias y sueños que es un ser humano, intentan decidir si es que el niño es niña o viceversa… os recuerdo: a los putos 6 años.
Entonces, si concluyen, desde sus potentes (nótese el desprecio en mi adjetivo) teorías de la mente humana, que Estrellita, con sus trencitas, sus rodillas raspadas, sus mocos cayéndole de la nariz y sus putos 6 años, puede ser que tenga un género tántrico de los cielos distinto del que uno habría supuesto a priori, la empiezan a observar (jodiéndole la vida ya para siempre), ya que, en palabras de una de estas psicólogas criminales:
A esa edad hay que descartar patologías distintas, y comprobar si lo que han mezclado son los géneros al jugar o relacionarse.
Claro.
Imagínate que la niña se ha tropezado en el parque y eso le ha bailado el centro energético donde residen los géneros y se le han barajado temporalmente. No hay que precipitarse.
No, hay que estar seguros de que Estrellita, efectivamente, científicamente (ja), es “un hombre (de 6 años) atrapado en el cuerpo de una mujer (de 6 años)“. Frase que consigue provocar en mí, siempre que la oigo, el cénit de mis náuseas.
Porque, si resultare que lo fuere, y el test de transexualidad de Chiquito de la Calzada diese más de 8 al ser aplicado a Estrellita, entonces habría que ir llenándole la cabeza de mierda para que ya nunca se pueda recuperar y, a los 13 o 14 años, cuando Estrellita sigue sin tener ni puta idea de la vida, habría que empezar a darle hormonas para que no le salieran tetas y no sufriese un conflicto derivado de la contradicción entre su género mitológico y el biológico.
De esta forma, a los 20 años (yo a los 20 años no tenía ni puta idea de un montón de cosas, así que voy a asumir que Estrellita tampoco), los mongolos de los papis con la complicidad delictiva de la psicóloga de marras y de toda esta sociedad pusilánime que se la coge con papel de fumar cuando se trata de no parecer facha, permitirán que, a la pobre Estrella (Estrellita ya no, que tiene 20 añazos), le hagan un estropicio bastante cutre en los bajos y le cambien el género legal en el DNI.
Además nos comenta la vendedora de pócimas que:
Tenemos 80 en esta fase y ninguno se ha arrepentido. (refiriéndose a la fase de hormonación durante la pubertad)
Intentando que, cruzando los dedos, si somos igual de gilipollas que ella, nos traguemos que el motivo de que los niños no cambien de parecer es que sus técnicas de detección del género psicodélico son mogollón de fiables, y no el adoctrinamiento asqueroso al que los han sometido durante toda una infancia en la que se tendrían que haber dedicado a otras cosas.
Ya para acabar, utilizando el argumento estúpido de siempre “como los fascistas son muy malos, los anarquistas son muy buenos“, nos comentan que ellos son la vanguardia iluminada y bondadosa que lucha contra las hordas de la oscuridad religiosa:
“Luego hay grupos cristianos radicales que querrían ver cerrado este servicio, que respalda el Parlamento holandés”. El equipo de Esteva también es reprobado “por elementos religiosos integristas que siguen pensando que un transexual es un desviado”.
Pues yo, que soy un ateo con dos cojones, tengo bastante claro cuál es el adjetivo más adecuado para describir todo esto: repugnante.